Mostrando entradas con la etiqueta el llamado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el llamado. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de octubre de 2014

El llamado de Betsy

Hace unos días recibí respuesta en relación a la pregunta que lancé, en la entrada El llamado, acerca de cómo Dios les ha llamado a servirle. A continuación reproduzco íntegramente lo que Betsy compartió con nosotros:


Hola a todos, mi nombre es Betsy Alfaro tengo 27 años y me congrego en la 'Iglesia Chilanga'. Estoy aquí porque me gustaría compartirles sobre cómo Dios me ha llamado a servirle específicamente con migrantes latinos en EUA. Todo comenzó en un primer viaje a EUA en el verano del 2012. Cuando iba yo a cumplir 15 años no quería una fiesta como normalmente se acostumbra en México, yo pedí a mis padres un viaje a Disneyland, pues era un sueño que desde pequeña tenia. Mis padres dijeron que sí y hasta fuimos a una agencia de viajes para saber los costos de los viajes para quinceañeras. La realidad fue cruda pues los recursos económicos no iban a ser suficientes para cubrir el viaje, mis papás no me lo dijeron pero sabiendo nuestra condición económica lo di por entendido, así que frustré uno de mis mas grandes sueños porque pensé nunca se haría realidad.
Así paso el tiempo, a los 22 años conocí de Cristo, la realidad de las cosas fue que yo no me enamore de Él en ese momento (como a muchos les pasa). Para mí ha sido un proceso que aun hoy 5 años después sigue ocurriendo día con día. Al conocerle comencé a tener nuevos amigos, algunos de ellos de Estados Unidos, a esas alturas había "olvidado" mi deseo de ir EUA, así que no me interesaba mucho en su país o cultura, además no tenia visa. En el año 2012 mi mamá nos tramitó los pasaportes a mi hermana y a mí, pues la economía era mejor y nos debía a ambas nuestro viaje de 15 años, aprovechando el tramite ella sacó el suyo también. El plan era ir a un tour por Europa, sin embargo un día se me ocurrió preguntarle a mamá: "¿Qué países te gustaría visitar para el tour?". Ella dijo: "Si me preguntas a dónde quisiera ir, mi respuesta es New York para ver a mi hermano que hace tanto no veo." Se trataba de mi tío Nando, que llevábamos unos 10 años sin verlo, pues su condición como indocumentado en EUA no le permite salir del país. Total que hablé con mi hermana y le dije que fuéramos a NY a visitar a mi tío, que intentáramos hacer el trámite de las visas, si nos las daban íbamos a EUA, si nos las negaban nos íbamos a Europa. Después de orar mucho y hacer los trámites correspondientes nos las dieron! 
Visitar a mi tío en ese país fue mas difícil de lo que pensé, pues me di cuenta que no era el mismo que fue en México. Aunque su estilo de vida era bueno económicamente hablando no lo era en los otros sentidos, así como para sus amigos. Conocí a mucha gente en ese viaje, incluso tuvimos la oportunidad de ir a otro estado a visitar a la amiga de secundaria de mamá. Todos me contaban acerca de sus historias al cruzar la frontera, incluso los que habían sufrido alguna perdida familiar me contaban con lagrimas en los ojos la impotencia de no poder regresar a casa. En sus historias yo veía tristeza, amargura, desesperación, decepción, dolor e incluso desesperanza, mi corazón latía muy fuerte como si fuera a explotar de dolor con cada historia, mis ojos se aguantaban para no llorar, yo no podía creer que yo sólo había tomado un avión y en 5 horas había llegado allí donde ellos tardaron meses o años en instalarse.
Cuando regresé a México pensaba en querer regresar a ayudar a esas personas, pero dormí ese sentimiento por muchas circunstancias: mi familia, mi trabajo y la más fuerte de todas: "yo me quiero casar y eso va a estorbar en mis planes". El miedo y la inseguridad se apoderaban de mí, así que decidí no pensar más en regresar. 
Pero en diciembre de 2013 la cosa cambió, pues tuvimos nuevamente la oportunidad de ir a celebrar fiestas decembrinas con mi tío y los amigos que dejamos allá, quienes rápidamente nos han adoptado como familia. Al conocerlos más, abrían su corazón conmigo sobre cosas personales que tenían que afrontar en un país donde su condición legal complicaba todo. Dos semanas después de mi estancia en Estados Unidos llegaron dos amigas de la antigua iglesia donde me congregaba. Recuerdo que camino al aeropuerto para recogerlas yo pensaba en contarles toooodo lo que me habían contado estas personas, pues necesitaba el consuelo de mis hermanas en Cristo, pues seguramente ellas sentirían lo mismo que yo al escuchar tantas historias. Cuando veníamos de regreso con ellas en la camioneta de mi tía les venía contando todo y recuerdo haberles dicho: "Es que la vida para el indocumentado aquí es muy difícil y dolorosa." Una de ellas me contesto: "Pues ni modo, están así por que quieren, quien les manda a violar las leyes de EUA y cruzar la frontera ilegalmente." Recuerdo que yo me sentí terrible de haber escuchado eso, ¿cómo era posible que alguien cristiana se expresara así?
El tiempo pasó y ya de regreso a México sentí esa misma inquietud de regresar a EUA a ayudar a migrantes. Así que dos días después de haber regresado me desperté y dije: "Dios, quiero hacerlo, quiero dar a conocer tu amor a los migrantes en EUA." Así, sólo así, como si fuera de la nada, pero yo sé que no fue de la nada, pues Dios ya había puesto en mi ese amor y esa compasión, desde lo mas interno, como Shel dice, Dios me habia llamado todo este tiempo, y con la respuesta de mi amiga sólo confirmé que no todos los cristianos sentímos lo mismo por esas personas. 
Hoy puedo decirles que he decidido obedecer a ese llamado, que estoy segura que debo ir allá a servir a migrantes latinos en EUA. Mi plan es irme en 2016, en el verano, y cada vez todo va tomando forma de la mano del Señor. No ha sido fácil pues he sentido miedo, tristeza e incapacidad de ir allá, me he enfermado mucho, no me he casado, no tengo mucho dinero (pues sirvo de tiempo completo al señor en un ministerio para personas en situación de prostitución) y siento que voy a extrañar mucho a mi familia, amigos, país y cultura pero estoy segura que estoy respondiendo a ese llamado.
Al primero que le conté mi deseo de servir en el extranjero fue a Shel Durán, mi pastor y amigo, él sólo ha obedecido al Señor y me ha apoyado y me está capacitando con un discipulado y con lo que puede ayudarme para que esto sea una realidad. Mis padres aun cuando no son cristianos me apoyan, a veces pienso que no entienden mucho pero veo como Dios les enseña y me sorprenden. Mi hermana menor está muy feliz con la decisión. Mis amigos y la Iglesia me han brindado su apoyo. Así que sólo me queda prepararme y obedecer.  
"Si digo: «No pensaré más en el Señor, no volveré a hablar en su nombre», entonces tu palabra en mi interior se convierte en un fuego que devora, que me cala hasta los huesos. Trato de contenerla, pero no puedo." -Jeremías 20:9.
Gracias Betsy por compartirlo; estoy seguro que Dios te usará grandemente para su gloria. ¡Todos los creyentes han de gozarse, alegrarse y emocionarse, cuando Dios llama a obreros a su mies! Espero que estos relatos sean un reto a cada uno de ustedes, amigos lectores, a obedecer el llamado del Señor a su servicio, y que a quienes ya han respondido y se encuentran sirviéndole, también les anime a compartir su experiencia con nosotros.

domingo, 21 de septiembre de 2014

El llamado






Pues bien, para hablar de las vivencias de un seminarista hay que empezar por el llamado. Varias veces me han preguntado cómo es que supe que Dios me llamó a servirle. La pregunta viene de diferentes tipos de personas pero principalmente de jóvenes con interés genuino de servir al Señor. La verdad es que no se puede explicar del todo. 



Algunos quieren escuchar la voz audible de Dios llamándoles por su nombre como en el caso de Samuel, a quien Dios le llamó por su nombre en cuatro ocasiones (1 Samuel 3). Pero ninguno de todos los que conocí de diferentes generaciones (entre 2004-2011) y de países distintos (de E. U. A., México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, Brasil, Bolivia, Perú, Argentina, Corea, España, Curazao, República Dominicana, Cuba, etc.), tuvieron un llamado audible de parte de Dios. Quizá habrá quien así le haya sucedido, pero, repito, yo no conozco a ninguno. Pero si el llamado es audible o algo totalmente interno, es lo de menos; no porque la voz de Dios sea audible para uno su llamado será mejor que el de otro a quien le llama en su interior. 

Otros desean que su iglesia o su pastor sean medios por los cuales Dios les llame. Quieren que los otros hermanos les echen flores por lo bien que hacen las cosas: “Ay, te deberías ir al instituto bíblico” o “deberías meterte al seminario”. Otros van al seminario para ganarse una posición de poder o fama en la Iglesia. En una iglesia en el DF se ha puesto de moda que todos los chavos in, se metan a su instituto bíblico, y allí va la crema y nata de la sociedad, muchos se inscriben tratando de ser parte de esa élite. Cuidado. Si tu decisión se basa en los elogios de los demás o para ganártelos, podrías terminar un tanto chamuscado, como los que construyeron con heno, madera u hojarasca y cuando vino la prueba de fuego se consumió su trabajo, su labor, su ministerio quedó hecho cenizas (1 Corintios 3:12-15). Entonces, mejor pregúntate cuál es tu motivación para hacerlo. Conocí a un chavo en el seminario que estaba allí no porque así lo quisiera realmente, sino porque su papá era pastor y porque ya tenía iglesia dónde trabajar; como si el pastorado fuera una labor de generación en generación, algo así como los levitas, o como si la iglesia se heredara. 

No hay una sola manera en la que Dios llama. En mi caso, tuve el privilegio de nacer en un hogar cristiano, tanto mi papá, Joaquín, como mi mamá, Rebeca, me inculcaron desde pequeño el temor del Señor. Me educaron no para servir a Dios como pastor, sino en todo lo que hiciera. Crecí viendo a mi papá orar en las mañanas, de rodillas, intercediendo por nosotros y por los hermanos de la iglesia, vi también como mi mamá siendo doctora atendía con amor y de manera ética y profesional a sus pacientes y no perdía la oportunidad de compartirles el Evangelio; y hasta la fecha aún lo hacen, son un matrimonio que ama y sirve a Dios. Ciertamente la devoción al Señor de ambos dejó su impronta en mi vida y en la de mi hermano Lem. Recuerdo que en reuniones familiares, mi papá y mis tíos, que son pastores, se sentaban a platicar cosas de la Biblia, de doctrina, de la Iglesia, eso me resultaba fascinante; había veces que prefería permanecer con ellos, sentado a la mesa y escuchar sus pláticas teológicas, que irme a jugar con mi hermano y mis primos. A los 7 u 8 años ya tenía esa inquietud por conocer más de aquellas cosas que platicaban los pastores. 

Más tarde en mi adolescencia me gustaba servir en la Iglesia. Lo hice de diferentes maneras: como ujier (el que da la bienvenida a la gente que llega a la iglesia, les busca lugar, y les atiende), tesorero en la “sociedad juvenil”, limpiando y arreglando el templo, estuve en agrupaciones cristianas organizando conciertos, congresos, campamentos, grupos de estudio bíblico, programas evangelísticos, pero ninguna de esas actividades me llenaba tanto como la enseñanza de la Escritura, lo cual obviamente no hacía bien. En cierta ocasión tenía que exponer un tema con los jóvenes, le dediqué mucho tiempo, “estudié”, lo “preparé”, según yo, bien. Le llevé mi manuscrito a mi papá para que le diera el visto bueno. Lo leyó y cuando le pregunte que cómo lo veía, me dijo, tan apacible como él es: “Está bien… como tú no sabes.” Esa respuesta tiró por tierra todo mi orgullo y fue lo mejor que pude haber escuchado de mi papi –de vez en cuando platicamos y lo recordamos riéndonos. Quizás allí fue cuando me di cuenta de la necesidad que tenía de prepararme adecuadamente para enseñar la Escritura. Todo aquello fue avivando el deseo de servir al Señor, todo aquello fue mi llamado. 

Pero también lo fue el no quedar inscrito en la carrera que deseaba, Diseño y comunicación visual. Era un rotundo fracaso para mí. Algunos podrían decir que me fui al seminario porque no entré a la universidad, pero no fue esa la razón. Tenía la opción de estudiar otra licenciatura, la de Diseño Industrial, ¡guácala! No pude aguantar ni un semestre y me salí. Trabajé en ventas y en una librería. Se pasaron 4 años volando. Mi papá me insistía en que entrara a la universidad, que acabara una carrera, que obtuviera una licenciatura, pues él siendo pastor sabía lo difícil que era proveer para la familia dependiendo sólo del ministerio. ¡Ah!, pero yo, terco. Quise irme así, con la idea muy evangélica de “Dios proveerá”.

Solicité la beca Walton, la ofrecen los dueños de Wal-Mart quienes expresan abiertamente su fe cristiana, para irme a una universidad en Arkansas pero no la obtuve. Le pedí a la iglesia donde nos reuníamos apoyo económico; después de varias “juntas de negocio” aceptaron apoyarme con ciertas reservas. Al mismo tiempo envié mis documentos al instituto bíblico y allí me aceptaron.

Fue durante ese tiempo que tuve un sueño: Me encontraba como en una corte, una sala amplia, abierta al aire libre con bancas de madera, y a la derecha ¡había una gran guillotina! Estaba siendo enjuiciado. Me tenían al frente, siendo exhibido ante mi familia y amigos. Se me pedía que rechazara mi fe en Cristo, pero yo no lo hacía. El inquisidor me trataba de persuadir con varias palabras, yo me mantenía sereno, tranquilo, a pesar de las amenazas de muerte. En eso, empezaban a arrojar fotos de mi familia, de mis papás, de mi hermano, de mis tíos y primos. El verdugo me decía: “Eso es lo que perderás.” Veía las fotos y pensaba en el dolor de ya no poder verlos más, de no estar con ellos, levantaba la vista y los veía, ellos lloraban. Mis ojos también se rasaban con lágrimas, poco a poco mi vista se nublaba, yo lloraba y sollozaba por ellos, pero aun así no cedía a su demanda. Mi fe se mantenía firme. Entonces desperté temblando, con lágrimas reales, tranquilo, con paz, y decidido a seguir el llamado de Dios. Conté mi sueño a mi familia. Un primo que es psicólogo me dijo que era la expresión de mi subconsciente ante la difícil decisión que estaba tomando. También creo que en parte era signo de aquello que pide Jesús de sus discípulos: el seguirle a él sobre todo, incluyendo la familia (Mateo 10:37s; cf. 19:29s).

Así fue mi llamado, gradual, interno, subjetivo, y sí, místico. Pues, ¿quién puede decir que el llamado de Dios no es misterioso, sobrenatural o metafísico? Como dije, el llamado no es fácil de explicar. Pero uno, el que es llamado por Dios a su servicio, lo sabe en lo más profundo de su ser. Durante todo ese tiempo, desde los 8 años hasta los 21, mi deseo de servir al Señor fue desarrollándose, creciendo, madurando a través de pequeñas prácticas y pruebas: la falta de solvencia económica para irme al seminario, sospechas y críticas de parte de hermanos, el pasar del tiempo y el desánimo. Pero llegó el día, estando en la Central Camionera del Norte, con mi papá, mi mamá, mi hermano, mi primo Samo (quien tomó la foto de arriba) y amigos que habían ido a despedirse, por fin me iba, respondiendo a aquél llamado que hoy puedo decir fue como el de Jeremías, desde el vientre de mi madre.

Tal vez, eres el único en tu familia en ser creyente, y si has sido llamado para servir a Dios tendrás que tomar la decisión de dejar a tu familia a pesar de su oposición... eso si eres chavo, si eres padre ni se te vaya a ocurrir dejarlos, ¿eh? Tu pastor e iglesia podrán apoyarte pero nadie te puede indicar si Dios te ha llamado o no. Sólo tú lo puedes saber. Y si ya sabes que Dios te ha llamado se sabio: Si aún no terminas tus estudios, de preferencia obtén una licenciatura primero, te lo dice alguien que fue necio en cuanto a ello y que hoy pasa dificultades económicas; si ya eres casado, ahorra dinero para llevarte a tu esposa y a tus hijos si aún no son adultos, no puedes irte al seminario solo, no funciona así. Es difícil pero se puede. Si Dios te llama, responde.




Si tienes preguntas al respecto puedes escribirme para platicar de ello. Y si Dios te ha llamado, ¿por qué no nos platicas cómo fue? Será bueno conocer tu experiencia.